Todos hemos visto a hombres que se abrazan en los bares, hemos conocido buenos amigos que siempre se les ve juntos, hemos observado en las canchas de fútbol algunas escenas que nos ponen a pensar, hemos presenciado en salones de baile a dos jóvenes “representando una pareja gay”, hemos visto hombres admirando esculturales cuerpos en la lucha libre, el boxeo y el fisiculturismo, nos hemos preguntado por el afán de algunos hombres de similar peleas con sus amigos, sin nombras algunos comportamientos de los púberes y adolescentes que se tocan y hasta comparan las medidas de su miembro viril.
Todos nos hemos preguntado ¿hasta dónde llega el juego, y comienza el erotismo? ¿Cómo la sociedad cataloga a unas prácticas como heterosexuales y, por lo tanto, “naturales” y hasta las fomenta? ¿Cómo otras prácticas sociales son catalogadas como homosexuales y, por ende, “contranaturales”, las prohíbe y las reprime?
Diversos investigadores también se han hecho la misma pregunta que nosotros y para responderla han recurrido a la noción de “homosociabilidad”, que expresa la avidez de los hombres de establecer relaciones entre sí (excluyendo a las mujeres) y la conservación del orden heterosexual dominante (discriminando otras sexualidades como la homosexual).
Se han cuestionado sobre el límite/diferencia entre la hetero y la homosexualidad, entre la diferencia entre un póster heterosexual de varios futbolistas abrazados eróticamente por la obtención de un título y un póster homosexual con dos hombres abrazados eróticamente. Por lo menos a mí me queda la gran duda sobre los límites.
La masculinidad heterosexual tiene dos caras de una misma moneda: la renuncia de lo femenimo, la misoginia (adversión hacia las mujeres) y la hostilidad hacia lo homosexual, la homofobia (el odio hacia los homosexuales).
Así, la heterosexualidad masculina implica el control del poder por los hombres y la consiguiente exclusión de las mujeres: la renuncia a los hombres, siempre y cuando no se llegue al erotismo. Son permitidos y fomentados espacios de relación exclusiva entre hombres: deportes, bares, clubes, “pooles”, televisión, trabajos y otros; siempre y cuando se regulen o “disciplinen” sus contenidos eróticos para no “caer” en la homosexualidad.
Tal vez en otros países y tiempos, el espacio privilegiado era el club social, donde estaba prohibida la entrada de las mujeres, ni siquiera de las empleadas. En nuestro país, ese espacio ha sido ocupado por los bares, o mejor dicho, las cantinas. Ahí es socialmente inaceptable la presencia de mujeres, a menos que se trate de prostitutas, por lo tanto como meros objetos sexuales y no como personas. Ahí se escuchan los más variados chistes contra los homosexuales. En contraste con todo lo anterior, se hacen los “mejores amigos”, hay abrazos y hasta consuelos de las tristezas cotidianas, que no son comunicadas a sus esposas y compañeras, pues sería un signo de debilidad.
Probablemente el ejemplo más importante de este doble juego de exclusión de la mujer y adversión a lo homosexual es la “Trinidad” . La mayor parte de las iglesias cristianas, incluida la católica, tienen como dogma fundamental la existencia de un dios trino y único: Padre-Hijo-Espíritu Santo.
Este dogma elimina toda participación femenina (no existe una diosa mujer), lo cual justifica claramente la exclusión de la mujer del sacerdocio. Además toda sexualidad no heterosexual es considerada contranatural, contra el orden instituido por Dios: un pecado “nefando”, o sea innombrable.
Las iglesias cristianas se han constituido sobre la base de relaciones entre hombres: sacerdotes, monjes, cardenales, seminaristas; pero con un fuerte discurso homofóbico. Las representaciones de Jesús “desnudo” en la cruz son galantemente cubiertas con un paño que oculta su miembro viril, aunque contravengan las Escrituras.
La heterosexualidad surge de la homosociabilidad
En nuestra sociedad occidental cuando los niños abandonan el mundo de las mujeres, dejan de ser “niños” para convertirse en “hombres” emergen tensiones entre prácticas heterosexuales y homosexuales. Comentarios sobre el tamaño del pene, juegos a ver quién orina más lejos, excitaciones sexuales colectivas con base en pornografía ojeada en grupo y hasta competencias de masturbaciones.
Lejos de la mirada de sus padres y profesores, los niños se inician así en los juegos del erotismo, reproduciendo en gran medida los modelos heredados por las generaciones anteriores. ¿Hasta dónde estas prácticas son “iniciaciones” al mundo heterosexual y hasta dónde son la antesala de la homosexualidad?
En todas estas prácticas, la gran ausente es la mujer, que es el objeto de deseo pero no de proximidad. Además es reprimida y combatida toda forma de “amaneramiento”: expresión de poses, ademanes y rasgos socialmente correspondientes a las mujeres. Se debe combatir todo aquello que puede asemejarse a las mujeres en un acto de reforzamiento de la diferencia.
Sintetizando, la heterosexualidad masculina surge así de prácticas homosociales: bares, “pooles”, canchas de fútbol, gimnasios, motociclismo, conversaciones entre hombres, “deportes extremos”, pandillas o “barras”… Siempre con exclusión de las mujeres pero con repulsión a la homosexualidad.
Pero este aprendizaje sobre cómo ser “hombre” no termina en la adolescencia, siempre debe demostrarse que se es hombre, debe irse con alguna frecuencia al bar, ver fútbol con los amigos, mirar lascivamente a una mujer que pase por la acera y hasta decirle “piropos”.
Pareciera que los varones al nacer recibieran dos consignas básica: “Ser hombre es más importante que la ser mujer” y la segunda “Siempre debes demostrarlo”.

Publicado en Gente10, Volumen XIII, Número 73 (2007)
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