Cómo el sol se enamoró de un mortal
Siendo tan bello no es de extrañar que tanto el dios del sol, Apolo, y el viento del oeste, Céfiro se enamoraran de Jacinto, cuyo cabello rizado caÃa sobre un musculoso y viril cuerpo.
La leyenda cuenta que era hijo de Amiclas, rey de Esparta, en Laconia, y la musa Clio, protectora de la poesÃa épica y la historia. No obstante, nada se sabe de las razones por las cuales su hermoso y fornido cuerpo generaba pasiones entre mortales y dioses. VivÃa en Esparta, a orillas del rÃo Eurotas, cuna de los mejores guerreros y de célebres atletas.
Algunos dicen que Céfiro, uno de los hijos de Eolo, habÃa tenido un idilio con Jacinto, pero este lo despreció y empezó a ser frecuentado por Apolo. Seguramente este dios lo estaba conquistando con su renombrada punterÃa con el arco, con canciones al son de la lira y con su cuerpo resplandeciente como el sol.
Lo anterior era una traba para que Céfiro reiniciara esta relación, pues temÃa visitar a Jacinto. Su contrincante era hijo del poderoso Zeus, el rey de los dioses, que en tanto se divertÃa en el Olimpo tomando ambrosÃa con GanÃmedes, el más bello de los mortales, a quien rapto en su acceso de pasión.
Apolo, astutamente, pasaba horas y horas jugando con Jacinto a orillas del Eurotas. Ambos desnudos, como acostumbraban ejercitarse los griegos, perfeccionaban su dominio del disco y el arco. Este dios era afamado por su fuerza y su punterÃa. Además, Apolo aprovechaba para ayudar a Jacinto con la lira, ya que el mortal tenÃa dotes musicales.
Talvez Jacinto querÃa participar en los juegos olÃmpicos, representando a su natal Esparta. Talvez querÃa congraciarse con Zeus, el padre de Apolo, pues estos juegos eran celebrados en su honor. Talvez simplemente querÃa convivir con los demás atletas, los mejores hombres de todos los pueblos griegos. Talvez solamente querÃa estar en compañÃa de delumbrante Apolo.
La leyenda cuenta que si Céfiro hubiese sido mortal se hubiera muerto de celos. Este dios no podÃa hacer nada, alimentando, asÃ, su rencor hacia ambos. Se conformaba con tomar, de vez en cuando, la forma de viento y envolver a Jacinto, acariciándolo furtiva y suavemente.
En cierta ocasión, Apolo practicaba el disco con Jacinto. En una de las tiradas, el dios envÃo el proyectil altÃsimo y Céfiro -ejecutando una venganza urdida con despecho- sopló y lo desvió. El disco chocó contra una piedra e impactó violentamente la frente de Jacinto.
Manó sangre que ensució los rizos y el fornido cuerpo del mortal. Manó sangre que cayó sobre la tierra en la cual se habÃa desmayado.
Primero, horrorizado, Apolo trató de contener la sangre con sus manos. Luego, intentó curarlo con las plantas medicinales. Finalmente, desesperado, rogó a su hijo Esculapio, progenitor de todos los médicos, rogó su padre Zeus, poderoso como el rayo, rogó a todos los dioses.
Todo fue en vano. Jacinto estaba ya en manos de Tánatos, quien lo llevó a Caronte, el barquero de la muerte, para que cruzara la laguna Estigia. HabÃa sucumbido al destino de todos los mortales, sin que él, inmortal, pudiera seguirlo.
Algunas gotas de sangre de su amado quedaron en el suelo. Apolo las tomó, las mezcló con un poco de tierra y les infundió vida en forma de una hermosa flor roja: el jacinto. AsÃ, perpetúa su tristeza en la memoria de todos.
Cada año se celebran en Laconia, las Hiacinticas o fiestas de Jacinto. El primer dÃa de la fiesta, se realizan demostraciones de tristeza por su muerte. Al dÃa siguiente, resuenan los acordes de la lira y la flauta, los jóvenes forman alegres coros que celebraban la inmortalidad de Jacinto.
Para algunos, la muerte de Jacinto es una leyenda que simboliza como el sol de verano mata las flores de la primavera. Para otros, es una historia de como el sol se enamoró de un mortal.

Publicado en Gente10, Volumen XII, Número 69 (2006)
